- ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN EN 25 ABRIL 2014
- ESCRITO POR: GABRIEL PELUFFO LINARI
La concepción clásica y eugenésica del poder (según la cual éste sólo puede ser ejercido por los “bien-nacidos”, por los “bellos y buenos”), si bien ha ido cambiando de contenidos desde la Antigüedad, aún hoy forma parte de las discusiones en torno a la imagen del “sujeto político”.
A pesar del desplazamiento que filósofos como Antonio Negri, Michael
Hardt, Donna Haraway y otros han hecho recientemente de la noción individual del “monstruo político” hacia la noción colectiva del mismo, asociándolo a las multitudes híbridas y explotadas del capitalismo que encarnan la resistencia a sistemas de sumisión diluidos en la trama global, persiste –en virtud de aquella inercia del concepto eugenésico– la idea de un monstruo político personalizado: aquel que, no cumpliendo las condiciones predeterminadas para ejercer autoridad alguna, emerge en medio de la escena, subvirtiendo el orden del pacto social con insolencia política manifiesta.
Es conocido el hecho de que José Vasconcelos, cuando en su libro La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana (1925) hace alusión a su visita a Uruguay ocurrida en el mes de agosto de 1922, se refiere a José Batlle y Ordóñez como “una especie de Ogro” que “hace y deshace gobiernos y leyes”. Esta imagen “monstruosa” de quien construyó el primer proyecto inclusivo del Uruguay moderno –pretendiendo razones en lo que Vasconcelos consideró un fanático nacionalismo de espaldas al resto de América condimentado con una velada tolerancia hacia las políticas colonialistas del gobierno estadounidense– tenía como contracara la excepcionalidad del genio: “Al Ogro lo llaman sus partidarios un genio político”. Ambas facetas eran perfiles de la imagen corporal que había asumido públicamente la figura del monstruo. En la calificación de “ogro”, Vasconcelos identifica legítimamente a Batlle y Ordóñez con el propio Estado como aparato de poder. Es la concepción hobbesiana del soberano, la del gobernante como figura carnal del poder político, asunto que trae a primer plano la cuestión de su condición eugenésica.
No otra cosa le sucedió originalmente a nuestro actual presidente, desde que el sistema político mostró serias dificultades (“el sujeto monstruoso produce una resistencia monstruosa”, dice Negri) en admitir en su seno a quien fuera uno de los más conspicuos representantes del “enemigo interno”. Esta categoría sociopolítica introducida por el gobierno militar remite a la teoría organicista del Estado desarrollada en Leviathan (1651) por Thomas Hobbes, para quien la amenaza que pende sobre este gran monstruo rector del orden social es que ingiera los “gusanos” –el término es suyo– capaces de devorarlo desde sus propios intestinos.
Esta amenaza persiste en el subconsciente político de las democracias y anida en el interior de los grupos que la conforman, pues de hecho constituye uno de los factores posibles de transformación histórica de los sistemas de poder. Pero estos sistemas no solamente cambian por sustitución, sino por metamorfosis, porque hay fuerzas en su interior que no los destruyen, sino que intentan alterar sus estructuras, sus fisonomías y sus modus operandi.
Estas fuerzas de transfiguración, tanto como las fuerzas conservadoras que las resisten, suelen tener un correlato en la imagen física de los sujetos que las representan, o mejor dicho, que las simbolizan, porque ya no tienen nada que representar, sino sólo imaginarios posibles de ser simbolizados en el espectáculo mediático de la política. Este deus ex máchina viabiliza una mediación entre necesidades/deseos de ciudadanos y posibilidades/intereses del capital, con el resultado de que, en último término, son los mercados los verdaderamente (re)presentados por los aparatos de poder. Tal es el escenario monstruoso de la simulación entronizada ya no sólo en el sistema administrativo del Estado, sino en el cuerpo ético de la política.
La imposibilidad –por ahora– de escapar a este régimen del simulacro ha quedado demostrada también por parte de los partidos de izquierda una vez que asumieron el gobierno. De tal manera que parece ser –como sostienen Toni Negri y Paolo Virno, entre otros– que la más consistente amenaza al sistema global hegemónico del capitalismo –cuya tecnocracia economicista provinciana hace un magro papel como sumisa servidora de un proceso global ciego, peligrosamente apocalíptico– radica en la ira del monstruo político conformado por multitudes que no actúan ya como “clase”, sino como cuerpo civil diverso, disperso, móvil, ubicuo, e inesperadamente creativo.
Mientras este errático optimismo antropológico espera el momento histórico de la insurrección –en una línea paralela a la espera judeocristiana del Mesías–, a escala local ocurren metamorfosis internas en el aparato de un buró político de izquierdas que ha dimitido de su ética originaria, que clausura y hasta condena la autocrítica, que practica la cuotificación intrapartidaria en los cargos de decisión ignorando idoneidades, que es capaz de contribuir –con la demagógica promesa de las fuentes de trabajo– al acelerado proceso destructivo en términos ambientales, adoptando por momentos conductas no ya de sumisión, sino de complicidad directa con el capital financiero internacional.
En este marco de crisis reaparece –esta vez con cuerpo femenino– el monstruo político que sería capaz de aterrorizar a ese statu quo de una izquierda anquilosada y autocomplaciente, aunque ya no por su enjundia o densidad discursiva (hasta el momento incierta), tampoco por su potencia representativa (los guarismos estadísticos son muy bajos), sino por el poder de su emergencia como síntoma, es decir, por su oportuna posibilidad de convertirse en símbolo positivo de la decepción y, por esa vía, canalizar la utopía crítica como ideología de la acción.
Allí donde esta última parece haber claudicado, aparece la esperanza de su recuperación en un cuerpo que encarna la ilusión de que existe “otra manera de hacer política”. Ese cuerpo se constituye así en una otredad facciosa, en la imagen de un sujeto político “otro” que irrumpe en un escenario estabilizado (y neutralizado) por los equilibrios de poder, adquiriendo, por su sola presencia, la impronunciable condición de sujeto monstruoso.
Sin embargo, hay formas no verbales de tratar con el monstruo: o bien manteniendo la oscuridad de la escena durante su discurso –por lo general, la bestia se ve obligada a trabajar en la penumbra, apenas con la luz de las luciérnagas en los teléfonos celulares y en las pantallas de las redes de Internet– o bien desplazando la atención y la polémica pública hacia otro sitio, a efectos de consagrar la antigua estrategia de ignorarlo, como corresponde a su naturaleza impertinente y espectral.
Más allá del engañoso y simplista eslogan “arriba todas las luchas” (hay luchas que no merecen o no deben ser luchadas, ¿Mein Kampf?), hay algo interesante en su monstruosidad que es el desplazamiento desde la politología hacia la acción política, un desplazamiento desde la circunspección académica hacia la vivencia corporal de las gratificaciones y dolores que esa acción impone a sus practicantes. Esto permite inferir que, en el orden del pensamiento, este monstruo político puede adquirir el aspecto eugenésico de su contrario (el “bello” y “bueno”) si se afirmara en la ruptura de los límites disciplinarios del saber y del hacer, propiciando no sólo la transversalidad del conocimiento, sino la recuperación de su vínculo directo con la vida cotidiana. El valor ético de esa presencia monstruosa radicaría en el hecho de pensar la complejidad del momento actual no tanto en términos de proyecto presidencial, sino en términos de instancia imprescindible para la reflexión autocrítica, lo que debería hacerse a extramuros de todo aparato burocrático, al margen de todo servilismo respecto de intereses instituidos e incrustados en el poder, para revertir la dimisión en que las ciencias humanas parecen haber recaído al convertirse en productoras de insumos culturales para la rentable industria de la gobernabilidad.http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/3655-vigencia-y-emergencia-del-monstruo-politico
A pesar del desplazamiento que filósofos como Antonio Negri, Michael
Hardt, Donna Haraway y otros han hecho recientemente de la noción individual del “monstruo político” hacia la noción colectiva del mismo, asociándolo a las multitudes híbridas y explotadas del capitalismo que encarnan la resistencia a sistemas de sumisión diluidos en la trama global, persiste –en virtud de aquella inercia del concepto eugenésico– la idea de un monstruo político personalizado: aquel que, no cumpliendo las condiciones predeterminadas para ejercer autoridad alguna, emerge en medio de la escena, subvirtiendo el orden del pacto social con insolencia política manifiesta.
Es conocido el hecho de que José Vasconcelos, cuando en su libro La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana (1925) hace alusión a su visita a Uruguay ocurrida en el mes de agosto de 1922, se refiere a José Batlle y Ordóñez como “una especie de Ogro” que “hace y deshace gobiernos y leyes”. Esta imagen “monstruosa” de quien construyó el primer proyecto inclusivo del Uruguay moderno –pretendiendo razones en lo que Vasconcelos consideró un fanático nacionalismo de espaldas al resto de América condimentado con una velada tolerancia hacia las políticas colonialistas del gobierno estadounidense– tenía como contracara la excepcionalidad del genio: “Al Ogro lo llaman sus partidarios un genio político”. Ambas facetas eran perfiles de la imagen corporal que había asumido públicamente la figura del monstruo. En la calificación de “ogro”, Vasconcelos identifica legítimamente a Batlle y Ordóñez con el propio Estado como aparato de poder. Es la concepción hobbesiana del soberano, la del gobernante como figura carnal del poder político, asunto que trae a primer plano la cuestión de su condición eugenésica.
No otra cosa le sucedió originalmente a nuestro actual presidente, desde que el sistema político mostró serias dificultades (“el sujeto monstruoso produce una resistencia monstruosa”, dice Negri) en admitir en su seno a quien fuera uno de los más conspicuos representantes del “enemigo interno”. Esta categoría sociopolítica introducida por el gobierno militar remite a la teoría organicista del Estado desarrollada en Leviathan (1651) por Thomas Hobbes, para quien la amenaza que pende sobre este gran monstruo rector del orden social es que ingiera los “gusanos” –el término es suyo– capaces de devorarlo desde sus propios intestinos.
Esta amenaza persiste en el subconsciente político de las democracias y anida en el interior de los grupos que la conforman, pues de hecho constituye uno de los factores posibles de transformación histórica de los sistemas de poder. Pero estos sistemas no solamente cambian por sustitución, sino por metamorfosis, porque hay fuerzas en su interior que no los destruyen, sino que intentan alterar sus estructuras, sus fisonomías y sus modus operandi.
Estas fuerzas de transfiguración, tanto como las fuerzas conservadoras que las resisten, suelen tener un correlato en la imagen física de los sujetos que las representan, o mejor dicho, que las simbolizan, porque ya no tienen nada que representar, sino sólo imaginarios posibles de ser simbolizados en el espectáculo mediático de la política. Este deus ex máchina viabiliza una mediación entre necesidades/deseos de ciudadanos y posibilidades/intereses del capital, con el resultado de que, en último término, son los mercados los verdaderamente (re)presentados por los aparatos de poder. Tal es el escenario monstruoso de la simulación entronizada ya no sólo en el sistema administrativo del Estado, sino en el cuerpo ético de la política.
La imposibilidad –por ahora– de escapar a este régimen del simulacro ha quedado demostrada también por parte de los partidos de izquierda una vez que asumieron el gobierno. De tal manera que parece ser –como sostienen Toni Negri y Paolo Virno, entre otros– que la más consistente amenaza al sistema global hegemónico del capitalismo –cuya tecnocracia economicista provinciana hace un magro papel como sumisa servidora de un proceso global ciego, peligrosamente apocalíptico– radica en la ira del monstruo político conformado por multitudes que no actúan ya como “clase”, sino como cuerpo civil diverso, disperso, móvil, ubicuo, e inesperadamente creativo.
Mientras este errático optimismo antropológico espera el momento histórico de la insurrección –en una línea paralela a la espera judeocristiana del Mesías–, a escala local ocurren metamorfosis internas en el aparato de un buró político de izquierdas que ha dimitido de su ética originaria, que clausura y hasta condena la autocrítica, que practica la cuotificación intrapartidaria en los cargos de decisión ignorando idoneidades, que es capaz de contribuir –con la demagógica promesa de las fuentes de trabajo– al acelerado proceso destructivo en términos ambientales, adoptando por momentos conductas no ya de sumisión, sino de complicidad directa con el capital financiero internacional.
En este marco de crisis reaparece –esta vez con cuerpo femenino– el monstruo político que sería capaz de aterrorizar a ese statu quo de una izquierda anquilosada y autocomplaciente, aunque ya no por su enjundia o densidad discursiva (hasta el momento incierta), tampoco por su potencia representativa (los guarismos estadísticos son muy bajos), sino por el poder de su emergencia como síntoma, es decir, por su oportuna posibilidad de convertirse en símbolo positivo de la decepción y, por esa vía, canalizar la utopía crítica como ideología de la acción.
Allí donde esta última parece haber claudicado, aparece la esperanza de su recuperación en un cuerpo que encarna la ilusión de que existe “otra manera de hacer política”. Ese cuerpo se constituye así en una otredad facciosa, en la imagen de un sujeto político “otro” que irrumpe en un escenario estabilizado (y neutralizado) por los equilibrios de poder, adquiriendo, por su sola presencia, la impronunciable condición de sujeto monstruoso.
Sin embargo, hay formas no verbales de tratar con el monstruo: o bien manteniendo la oscuridad de la escena durante su discurso –por lo general, la bestia se ve obligada a trabajar en la penumbra, apenas con la luz de las luciérnagas en los teléfonos celulares y en las pantallas de las redes de Internet– o bien desplazando la atención y la polémica pública hacia otro sitio, a efectos de consagrar la antigua estrategia de ignorarlo, como corresponde a su naturaleza impertinente y espectral.
Más allá del engañoso y simplista eslogan “arriba todas las luchas” (hay luchas que no merecen o no deben ser luchadas, ¿Mein Kampf?), hay algo interesante en su monstruosidad que es el desplazamiento desde la politología hacia la acción política, un desplazamiento desde la circunspección académica hacia la vivencia corporal de las gratificaciones y dolores que esa acción impone a sus practicantes. Esto permite inferir que, en el orden del pensamiento, este monstruo político puede adquirir el aspecto eugenésico de su contrario (el “bello” y “bueno”) si se afirmara en la ruptura de los límites disciplinarios del saber y del hacer, propiciando no sólo la transversalidad del conocimiento, sino la recuperación de su vínculo directo con la vida cotidiana. El valor ético de esa presencia monstruosa radicaría en el hecho de pensar la complejidad del momento actual no tanto en términos de proyecto presidencial, sino en términos de instancia imprescindible para la reflexión autocrítica, lo que debería hacerse a extramuros de todo aparato burocrático, al margen de todo servilismo respecto de intereses instituidos e incrustados en el poder, para revertir la dimisión en que las ciencias humanas parecen haber recaído al convertirse en productoras de insumos culturales para la rentable industria de la gobernabilidad.http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/3655-vigencia-y-emergencia-del-monstruo-politico
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